El Maestro enseña los domingos – 17/08/2014

222014Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón.
Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: “¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”.
Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: “Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos”.
Jesús respondió: “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”.
Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: “¡Señor, socórreme!”.
Jesús le dijo: “No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros”.
Ella respondió: “¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!”.
Entonces Jesús le dijo: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!”. Y en ese momento su hija quedó curada. Mateo 15,21-28. 

 

Los que transitamos nuestra carrera docente en escuelas estatales podemos vernos reflejados en la persona de la mujer protagonista de este texto. Los territorios y las estampas que observamos en las escuelas públicas muy frecuentemente tienen mucho de la desolación que la cananea  vive en sus circunstancias y expresa en su súplica.

Si nos atrevemos a atravesar las palabras que flotan en la superficie de este inquietante diálogo que Jesús entabla con la mujer necesitada, podremos descubrir la condición  de igualdad  que habita en lo profundo de estas expresiones.

Decidida a no renunciar a su deseo, la cananea atraviesa las primeras ásperas palabras del Maestro. Parece luchar por la conquista de un lugar, de un espacio, de una condición para su hija y también para ella. Si leemos con atención este diálogo veremos que en un primer momento pasa de no ser oída por Jesús  a un espacio marginal y finalmente a un lugar semejante de aquel destinado al pueblo elegido. En todo este trayecto, la mujer fortalece su fe y purifica su deseo. Logrando así conquistar la sanidad de su hija.

La historia de la cananea nos habla particularmente a nosotros, los docentes de las escuelas públicas. En nuestras aulas no enseñamos religión, en sus cuadernos nuestros alumnos no escriben plegarias ni adornan estampitas, pero todos ellos son igualmente hijos. Son a la vez necesitados y merecedores de  sanidad y  liberación. La única diferencia es el territorio, quizás más hostil, más frío, más áspero.

Estos pequeños  de guardapolvo blanco necesitan de nuestra fe insistente. Una fe que los ayude a ocupar el lugar de hijos del que son propietarios. Podemos revisar, en este sentido, si nuestra  fe en ellos, genera en cada uno fe en sí mismo y confianza en sus propias e inexploradas posibilidades.

También podemos mirar el estado nuestro propio deseo, su intensidad, su calor, el grado de su potencialidad de cambio. El deseo moviliza, motoriza, hace que lo que parece imposible en las aulas, se transforme en viable.

Pidamos al Maestro que, a imagen de la cananea, fortalezca en nosotros una fe contagiosa que habilite nuevas posibilidades en cada estudiante.  Y que también purifique nuestro desear para que, como un motor incansable,  nos oriente en la tarea de liberar educando.

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