El Maestro enseña los domingos – 5/10/2014

292014 (1)Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero. 
Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. 
Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. 
El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera. 
Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: ‘Respetarán a mi hijo’. 
Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: “Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia”. 
Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron. 
Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?». 
Le respondieron: “Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo”. 
Jesús agregó: “¿No han leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos? 
Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos”. 
Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta. Mateo 21,33-46.

 

Queda resonando la expresión que Jesús hace en relación a “la Piedra angular” y su rechazo por parte de los “sabios”. Y cómo podemos correr el riesgo de no alcanzar el correcto discernimiento sobre lo que es realmente importante y esencial para la vida de nuestras comunidades educativas, especialmente aquellas que se dicen estar inspiradas en principios evangélicos.
En una entrevista que se le hizo el año pasado en Civitta Católica, el Papa Francisco hacía esta afirmación: “Veo con claridad que la Iglesia hoy necesita con mayor urgencia la capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o azúcar!.  Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas… Y hay que comenzar por lo más elemental”.

Y prosigue: “Yo sueño con una Iglesia madre y pastora. Los ministros de la Iglesia tienen que ser misericordiosos, hacerse cargo de las personas, acompañándolas como el buen samaritano que lava, limpia y consuela a su prójimo. Esto es Evangelio puro. Dios es más grande que el pecado. Las reformas organizativas y estructurales son secundarias, es decir, vienen después. La primera reforma debe ser la de las actitudes”.

Con cuánta certeza y claridad el Papa describe los rasgos y las características de “la piedra angular” sobre la que debemos construir nuestros espacios eclesiales y por ende, escolares.
No hay reforma que no comience ni termine en las actitudes. Se necesitan gestos, también palabras, también proyectos, también saberes, también estructuras… pero sobre todo GESTOS. Gestos que sean expresión de un Amor que parta de una fuerte experiencia con el Dios Vivo. ¿Cuáles son los gestos del amor que se perciben en los salones, oficinas, despachos y espacios de nuestras escuelas?

No podemos hablar de la escuela como un espacio centralmente evangelizador si nuestros gestos, actitudes, hechos cotidianos no revelan “Evangelio puro”, que en palabras del Papa, no son otra cosa que esta disposición interior y exterior a “lavar, limpiar y consolar al prójimo” en nuestro caso “al alumno”.
En la Parábola que hoy nos narra el Maestro están claramente descriptos los “gestos” de aquellos que se adueñaron de la viña y se cegaron de poder y posesividad. La ambición de poder, el deseo de que siempre se haga lo que quiero, la necesidad de escalar, de cuidarnos las espaldas o bien de cuidarme del exterior manteniendo una cuidada y prolija  indiferencia para no tener problemas son formas contundentes y claras de una comunidad o institución que ha decidido “rechazar” esa piedra angular. También lo son el cambiar todo para que nada cambie, la queja crónica, la desconfianza.

Se necesita volver a lo elemental, volver al encuentro con este Dios misericordioso y compasivo que nos entrega su viña y que viene deseoso a recoger sus frutos. Volver a lo elemental en nuestras instituciones educativas, será primordialmente volver al espíritu que está detrás de la letra de nuestros idearios. Hay que poder volver a preguntarse: ¿Por qué? ¿Para qué? y desde ahí construir y decidir el como.

Cuánto tiempo hace que el equipo directivo y docente no se pregunta: ¿Qué significa enseñar en esta escuela?, ¿Qué nos implica ser Católicos?, ¿Cuánto de lo que hacemos tiene un marcado perfil evangelizador?, ¿Cuáles son las actitudes que debemos reformar?, ¿Cuánto se lava, consuela y limpia a nuestros hermanos los alumnos en esta institución?

Desechar estas preguntas puede hacernos caer en el peligro de desechar algo más profundo e importante como es no dar paso a lo que le da sentido a nuestra misión que es Anunciar el Evangelio a todos los hombres para que ellos puedan encontrarse con el Dios del Amor y de la Vida.

Fraternidad Raboni

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