El Maestro enseña los domingos – 29/03/2015

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Cuando se acercó a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, encontrarán un asno atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo; y si alguien les pregunta: “¿Por qué lo desatan?”, respondan: “El Señor lo necesita”». Los enviados partieron y encontraron todo como él les había dicho. Cuando desataron el asno, sus dueños les dijeron: «¿Por qué lo desatan?». Y ellos respondieron: «El Señor lo necesita».

Luego llevaron el asno adonde estaba Jesús y, poniendo sobre él sus mantos, lo hicieron montar. Mientras él avanzaba, la gente extendía sus mantos sobre el camino. Cuando Jesús se acercaba a la pendiente del monte de los Olivos, todos los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios en alta voz, por todos los milagros que habían visto. Y decían:

 

«¡Bendito sea el Rey que viene

en nombre del Señor!

¡Paz en el cielo

y gloria en las alturas!».

 

Algunos fariseos que se encontraban entre la multitud le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos». Pero él respondió: «Les aseguro que si ellos callan, gritarán las piedras».

Palabra de Dios

 

Resulta sorprendente la importancia que un animal cobra en este relato. Jesús da un mandato en relación a “desatar un asno”. La justificación es simple y contundente: “El Señor lo necesita”. El asno atado no puede “transportar” y por ende “satisfacer la necesidad del Maestro”. Necesita ser liberado para que pueda ser un verdadero vehículo de salvación y gracia.

Los invitamos a hacer un paralelo entre la figura del asno y la importancia de los gestos y también centrarnos en la respuesta “El Señor lo necesita”.

Absolutamente todo lo que hacemos es transmitido por gestos, verdaderos vehículos de transmisión de decisiones, posturas, sentimientos, sensaciones, deseos, opiniones, etc.

Ellos no son ajenos a la práctica docente, toda ella es vehiculizada por miradas, posturas y tonos.

Jesús quiere entrar en la ciudad principal sobre un asno, para eso hay que desatarlo y montarlo

Es una clarísima señal respecto de qué tipo de reinado y poder nos está hablando. ¿Cómo es nuestro modo de ejercer y vivir el poder que nos da el simple hecho de estar al frente de un grupo de alumnos? ¿Cómo entramos a la escuela? ¿Sobre qué nos montamos? ¿Cómo circula el poder en nuestras instituciones

educativas? ¿Qué tiene de evangélico el uso del poder que se vive y expresa? ¿Alguna vez se habló institucionalmente de cómo “usar” el poder que tenemos?

Detrás de cada uno de nuestros modos y formas hay un criterio que los sostiene y los hace transmisores de la verdad que expresa y sostiene nuestra existencia. Pero Jesús no sólo quiere entrar en la Ciudad quiere sobre todo dar un mensaje: La clave de la grandeza radica en asumir y vivir la pequeñez. La llamada “entrada mesiánica en Jerusalén” sobre un asno es una clara señal de esto.

Detrás de toda forma se expresa un contenido. Estamos siendo protagonistas a partir de la asunción del Papa Francisco de una clara manifestación y expresión de gestos que nos hablan de toda una propuesta para este tiempo de la Iglesia. El mundo de hoy, el hombre contemporáneo ya no necesita discursos y relatos, necesita primordialmente de acciones y prácticas que hablen por si mismas del evangelio que buscan encarnar. Lo que realmente conmueve el corazón de los alumnos con los que cotidianamente tratamos no es sólo lo que decimos sino el modo en que los dichos toman cuerpo en nuestras obras.

Jesús montado en un simple y humilde asno parece querer decirnos: No hablen de humildad, sean humildes, no hablen de compasión, practíquenla, no se llenen de palabras para definir la Misericordia

y la Liberación, sean Misericordia y Libertad para sus prójimos los alumnos, los compañeros, las familias, la escuela toda.

Jesús es un Maestro cargado de gestos, gestos desatados, liberados de prácticas rígidas y opresivas, llenos de esperanza, compasión, misericordia y sentido fraterno. Ellos nos hablan de un Dios que es Padre, que quiere a sus hijos sentados en su mesa, que lejos de condenar al pecador le abre las puertas de una nueva vida

que parte de una mirada redentora y una invitación a vivir en la libertad de los hijos del Creador de la Libertad y del Hacedor de la Paz.

Cómo a sus discípulos hoy nos propone que “desatemos la fraternidad, la misericordia, compasión, la cercanía, la alegría” porque el “Señor lo necesita” una respuesta que en realidad hoy transformamos en pregunta y motivación.

Y aquí está el segundo punto a detenernos, en este caso sólo basta hacernos la pregunta: Qué necesita el Señor de nosotros ya no sólo como docentes sino como escuela. A qué nos llama, a qué nos invita, a qué nos envía. Son preguntas que ya nos hemos hecho alguna vez, pero la velocidad y el vértigo de este tiempo histórico nos llevan a la necesidad de hacérnosla una y otra vez. Son claves, son necesarias, son imprescindibles. No estamos hechos para repetir fórmulas, copiar recetas, vivir “actuando de lo que fuimos” parafraseando una hermosa canción. Estamos llamado a desatar y desatarnos, a entrar en “la Ciudad” más allá de riesgos e inseguridades, a ir al corazón “del Imperio” montados en el Evangelio de Jesús, en su Buena Noticia de Salvación, en su Palabra redentora y transformadora de vidas e historias.

 

El Reino de Dios, principal contenido del mensaje de Jesús, necesita de nuestros gestos. La escuela cristiana, cuando es atravesada por la Palabra Liberadora del Maestro, crea y recrea gestos sencillos pero contundentes que anuncian una Vida que nadie puede callar.

Fraternidad Raboni

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