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El Maestro enseña los domingos – 21/06/2015

162015Al atardecer de ese mismo día, les dijo: “Crucemos a la otra orilla”. 
Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. 
Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. 
Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. 
Lo despertaron y le dijeron: “¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?”. Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: “¡Silencio! ¡Cállate!”. El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. 
Después les dijo: “¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?”. 
Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: “¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?”. Marcos 4, 35-41. 
Los discípulos junto a Jesús suben a la barca. Como docente leo la barca figura de una comunidad escolar que decide ir en busca de la otra orilla, dejar seguridades e ir en busca de otros lugares, espacios, destinos a conquistar. Los que se suben a la barca saben que compartirán el mismo destino. A ellos les tocará hacer frente a las mismas adversidades, los mismos vientos, las mismas oscuridades, los mismos amaneceres.

Los docentes de una misma escuela no sólo compartimos una misma tarea sino que también compartimos un destino común. Esta suerte es también coparticipada con  los aventureros de las otras barcas que se animan a la mar.

Este texto, dice que Jesús subió “así como estaba”. Esta llamativa expresión parece querer decirnos que no hace falta ninguna preparación previa para lanzarse a la mar. No hace falta construirse seguridades, espacios de anclaje, previsiones. Falta, nada más ni nada menos, que la decisión de dejar la orilla segura y conocida para ir en busca de lo que debe conquistarse. Ese es el lugar de la esperanza, el lugar de la fe.

La fe nos anima a creer que otras y mejores realidades son posibles. La fe es el lugar de los sueños, no de las ensoñaciones fantasiosas sino el lugar de las posibilidades que entre los que vivimos la misma travesía podemos construir.

Jesús sobre la barca  duerme una ausencia que pone a prueba la fe. Podemos imaginarnos a esta comunidad de marineros improvisados haciendo frente  al vendaval. Plegando velas, echando lastres, sacando agua, corrigiendo el rumbo. Toda la atención la fibra y el nervio en acción. En medio de todo eso el corazón desolado más que rogar reclama“¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?”.

Los que habitamos las escuelas, los que nos lanzamos a la aventura, los que nos decidimos dejar las seguridades conocemos ese tono que por momentos nos es propio. Sabemos de los ahogos, de las faltas de oxígeno de llegar a veces con la vida justa y ajustada.

Cuando la incertidumbre se transforma en desesperación el Maestro despierta entre los maestros. Ocurre entonces el milagro de la palabra precisa, del gesto oportuno, de la presencia necesaria. Todo parece calmarse entonces en la barca. La naturaleza se ordena, se pacifica. Los maestros, improvisados marineros, se miran se reconocen sobrevivientes del trajinado navegar.

Entonces, se hace posible la reflexión y aparecen las preguntas fundamentales “¿Por qué tienen miedo?” ¡Qué difícil no tenerlo! ¡Qué difícil se nos hace en muchos momentos de la vida de las instituciones no perder la calma!

Los maestros, devenidos en inexpertos aventureros ensayamos algunas respuestas: dormías Maestro, se desataron muchas dificultades juntas: los chicos angustiados, las familias desarmadas, el cansancio de la lucha, las grietas entre nosotros…

“¿Cómo no tienen fe?”. No dice ustedes no tienen fe o aún no tienen fe. Dice “¿Cómo no tienen fe? En ese cómo parece estar comprendida una historia. Ese cómo nos remite a otras travesías ya transitadas, a otras experiencias de  tormentas y rescates. Ese cómo nos trae a la memoria  la historia de salvación de nuestra barca. El cómo nos llama a recordar, a pasar nuevamente por el corazón, nuestras luchas y nuestras salidas. Pero por sobre todas las cosas nos llama a reconocer los gestos providentes, las inspiraciones certeras, y el auxilio oportuno del Maestro que, aunque parezca dormido, comparte siempre la suerte de quienes pensamos que la otra orilla puede ser mejor.

“Entonces me acordé de tu misericordia, Señor y de tu actuación desde la eternidad, que tu levantas a los que en ti esperan y los salvas de la mano de enemigos” Eclesiástico 51, 8

Fraternidad Raboni

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