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El Maestro enseña los domingos – 06/09/2015

272015Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: «Efatá», que significa: «Ábrete». Y en seguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente.

Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Jesús es un maestro peregrino, es consciente que su misión no puede estancarse en un espacio geográfico. Su vocación y llamado lo pone permanentemente en marcha. Porque camina encuentra, y, lo que encuentra, es un clamor de una multitud que le trae a un sordomudo, es decir un hombre “cerrado” al mundo, imposibilitado tanto de recibir como de pronunciar palabras.

Jesús es un maestro que siempre le da prioridad a la persona. Por eso lo separa de la multitud y lo lleva aparte, lo saca de la masa y el anonimato, lo hace verse y experimentarse una persona especial y diferente al resto. Lo mira, lo confronta, lo hace sentirse único.

Luego, el relato, describe el particular modo que tiene de sanarlo.

No lo hace a la distancia, no le da una orden, no lo obliga a cumplir ningún rito. Lo que Jesús hace es darle de su propio ser, lo toca, le da su propia saliva, le da su “lengua”, lo llena de su propia palabra para que, a su vez, pueda surgir de este hombre la palabra que está encerrada en su ser y que está imposibilitada de salir.

Finalmente levanta la mirada, vuelve a la esencia, busca llevarlo a su identidad de hijo de Dios, de hijo de “lo alto”. La clave de la sanidad de este sordomudo no estará en un mero esfuerzo humano, no se trata sólo de voluntad sino de creer y volver a confiar “en el Cielo”, en volver a conectarse con el Dios que desde el principio nos dio no sólo voz sino especialmente palabras. Jesús suspira, se llena del Espíritu de lo alto, y desde el poder y la autoridad que le da su Padre Celestial puede abrir lo que tanto tiempo estuvo cerrado y al hacerlo se suelta lo atado, se libera lo encerrado, renace lo muerto y olvidado.

Salir al encuentro del otro, verlo como alguien único y diferente, darle de lo nuestro, mirar al Cielo y llenarnos del Espíritu liberador  y sanador… Son los rasgos de un modo de vivir, del modo de vivir y hacer de Jesús. Que en estos días de celebración para todos los docentes podamos dejarnos tocar por El, llenarnos de su espíritu, salir de las multitudes masificantes y posibilitar que se abran nuestros oídos para escuchar de nuevo y para que se suelten nuestras lenguas y se llenen de palabras de compasión y misericordia.

Fraternidad Raboni

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