El Maestro enseña los domingos – 08/05/2016

Y añadió: “Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto.”
Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto”.
Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo.
Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo.
Los discípulos, que se habían postrado delante de él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios. Lucas 24,46-53. 

Durante la semana pasada, un alumnos lloraba frente a dos compañeros que lo molestaban, su enojo tenía que ver con que no entendía el motivo del actuar de sus amigos.

Frente a mi pregunta sobre el porque de esta acción uno negó su participación y el otro no solo la reconoció sino que además me pidió permiso para pedirle perdón… y lo hizo.

Yo fui testigo de todo esto, lo vi y participé y lo puedo contar desde ese día las veces que yo quiera, porque fui testigo.

La escuela nos regala varias de estas historias por día y cada una de ellas puede ser vivida desde la superficialidad o intentando descubrir sentimientos, motivos, disparadores y emociones.

El testigo puede ser un simple “contador de hechos” o un “narrador de vidas”.

Puedo contar sobre la vida de los otros desde afuera, sin involucrarme, simplemente informar, nada de lo mío se moviliza… pero también puedo ser parte de la historia, hacerla propia, participar en estos movimientos de vidas y dejar que lo propio emerja.

No son importantes los resultados ni como las cosas terminen o se desarrollen, solo importa el haber estado ahí, el haber podido experimentar el regalo del que vio, vivió y lo puede contar.

Dios se mueve en la vida de las personas de maneras inimaginables, el poder percibir apenas ese “hacer de Dios” en la vida de los otros e incluso en la propia es un privilegio que debemos atesorar y contar.

Aspiremos a ser testigos primero del actuar de Dios en nuestras vidas, contemos a otros aquello que en nosotros ha sido sanado, acompañado o abrazado. Seamos testigos del Dios en el que creemos e intentamos escuchar y seguir, testigos cercanos a la vida de los otros, porque nos reconocemos iguales y semejantes.

Pensemos en un docente, una hermana, un sacerdote o un directivo que expresa a sus alumnos o docentes aquello que es trascendente en su vida, aquello que es su eje o motor… pensemos que ocurriría cuando eso que expresa tiene que ver directamente con este Dios en el que creemos y que nos habla del perdón de los pecados y del amor o cuando no tiene que ver con él.

Optemos por ser testigos liberadores, que despierten con su testimonio lo que está dormido, ser testigos que inviten, cercanos.

Miremos nuestra propia vida, encontremos a Dios en ella y salgamos a contarlo.

Es importante entonces el poder permanecer muy cerquita de Dios, que nada nos aleje o nos confunda… es difícil el afuera, por eso la Palabra nos invita a permanecer y esperar.

Busquemos espacios para nosotros, para leer la Palabra, escucharla… quizás estos audios te ayuden.

El testigo se manifiesta en el afuera pero es en el adentro en donde encuentra la fuerza, el valor y la paz. Es desde ahí de donde sale a contar lo propio para transformar lo de otros.

Permanezcamos cerca de Dios, cerca de nuestros alumnos, de nuestros compañeros y de las vidas que laten en la escuela.

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