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El Maestro enseña los domingos – 04/12/2016

En aquel día, saldrá una rama del tronco de Jesé y un retoño brotará de sus raíces.
Sobre él reposará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor
-y lo inspirará el temor del Señor-. El no juzgará según las apariencias ni decidirá por lo que oiga decir:
juzgará con justicia a los débiles y decidirá con rectitud para los pobres del país; herirá al violento con la vara de su boca y con el soplo de sus labios hará morir al malvado.
La justicia ceñirá su cintura y la fidelidad ceñirá sus caderas.
El lobo habitará con el cordero y el leopardo se recostará junto al cabrito; el ternero y el cachorro de león pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá;
la vaca y la osa vivirán en companía, sus crías se recostarán juntas, y el león comerá paja lo mismo que el buey.
El niño de pecho jugará sobre el agujero de la cobra, y en la cueva de la víbora, meterá la mano el niño apenas destetado.
No se hará daño ni estragos en toda mi Montaña santa, porque el conocimiento del Señor llenará la tierra como las aguas cubren el mar.
Aquel día, la raíz de Jesé se erigirá como emblema para los pueblos: las naciones la buscarán y la gloria será su morada. Is 11. 1-10

 

La Palabra profética de Isaías que hoy compartimos en la primera lectura nos pone en dimensión de un camino hacia. Claramente el profeta nos invita a orientar nuestro horizonte inspirados en el espíritu de Dios que es sabio, fuerte, justo y fiel. También nos habla de ese fin en el que lo que hoy está en los opuestos podrá convivir armónicamente, lo que hoy está distanciado se unirá en un abrazo sincero.

Es un texto utópico, y como toda utopía, nos sirve para ponernos en marcha y orientar nuestros pasos. También para definir las identidades de nuestras prácticas y decisiones, ya que no sólo en el origen debemos buscar los sentidos, los sentidos están también definidos por lo que buscamos.

Estamos transitando los últimos días de este ciclo lectivo y al hacerlo se nos viene a la mente todo lo andado, todo lo logrado y también todo lo que quedó sin hacer o que directamente salió mal. Logros y fracasos se nos configuran en nuestro mapeo mental una vez más, pero de logros y fracasos está hecha la vida y no está ahí el problema sino qué es lo que hacemos con ellos. Hace un tiempo escuché de boca de un periodista una expresión que definía a uno de los deportistas más exitosos de esta era, de él decía: “La derrota no se le baja al corazón y la victoria no se le sube a la cabeza”. Me pareció una definición notable respecto de cómo transitar y sobre todo habitar nuestros éxitos y nuestros fracasos. El problema no está en la derrota, en el fracaso, en la pérdida sino en que estas no afecten nuestro sentir interior y no nos derrumben. Siguiendo con la frase, también hay que saber transitar los éxitos, para que no perdamos racionalidad y realismo y nos lleven a creer en lo que no somos y a vivir en un universo irreal.

Isaías expresó estas palabras en un contexto de decadencia de su pueblo. Un contexto de pérdida de fe y de sentidos, de infidelidades y abandonos. En ese marco más que hacer un diagnóstico de la realidad recordó el horizonte, el motivo del camino, el hacia dónde ir.

El adviento se nos presenta como un tiempo de preparación, pero sobre todo es un tiempo para volver al eje, volver a lo que sostiene nuestro caminar, al motivo central de aquello en lo que creemos. Es un tiempo para volver a Jesús, para volver al Corazón compasivo del Padre, y sólo será posible si nos dejamos llevar por ese Espíritu de sabiduría, inteligencia, ciencia, consejo y fortaleza. Ese Espíritu en el que lo justo no está relacionado con el castigo sino con la salvación y en el que la fidelidad a su proyecto es el sostén de nuestros pies.

Ya viene “aquel” que hace posible que los opuestos encuentren caminos de comunión, el lobo con el cordero, el leopardo con el cabrito, el león con el ternero. Será entonces tiempo para que todo lo que está desencontrado en nosotros mismos y en nuestras comunidades pueda volver a habitar el mismo espacio sin riesgos ni temores. Las tensiones y el cansancio propios de este momento del año ahondan distancias, enojos y resentimientos. Muchas veces vamos dejando de lado la concordia y va saliendo lo peor de cada uno, pero aún así la invitación a hacer de nuestros espacios comunitarios lugares de encuentro sigue estando viva y presente. Dejémonos entonces conducir por aquel que “no juzga según las apariencias” ni decide por lo que “oye decir” sino que, ceñida su cintura por la Justicia y sus caderas por la fidelidad, pueda llevarnos a vivir personal y comunitariamente ese día en el que “la raíz de Jesé se erigirá como estandarte para los pueblos y la gloria será entonces su morada”. En esto consiste la utopía del Reino, en que vivamos encontrados, reconciliados, en comunión de criterios y sobre todo en la alegría de sabernos hermanos, hijos y herederos de un Padre Común que no deja de llamarnos, alentarnos y esperarnos.

Fraternidad Raboni

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