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El Maestro enseña los domingos – 23/10/2016

Y refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola: «Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba en voz baja: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas”. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”. Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado». Lc 18, 9-14

 

Paulo Freire dijo alguna vez que la práctica docente responde a la pregunta sobre “Quién es el otro para mí”…En realidad es una pregunta que puede orientarse a toda práctica humana, pero realmente cobra una trascendencia mayor cuando hablamos de docencia.

El Fariseo lo deja bien en claro, ya que su mayor debilidad no está en hacer una síntesis de todo lo que hace o más bien cumple, sino en definir al otro, en juzgarlo, en ubicarlo de acuerdo a su código moral rìgido y excluyente.

Esto nos lleva a pensar en nuestros modos de ser y hacer en relación a los otros, especialmente, en relación a los alumnos. Quiénes son ellos para mí, cómo los miro, desde qué lugar lo hago.

Dos características surgen de “la oración” del fariseo. La primera es la de sentirse superior, distinto, mejor. Desde este punto de vista en cada sociedad, en cada grupo humano y por ende en cada escuela, habrá una línea divisoria que ubique de un lado a los “mejores”, a los “cumplidores”, a los “correctos” y del otro lado a todos aquellos que no se encuadren en nuestros códigos o estilos. Ya no se trata sólo de una cuestión de méritos, se trata de una cuestión de resultados visibles ligados a un modo de concebir la vida en la que sólo hay lugar para un grupo de elegidos.

La segunda característica tiene que ver con el “cumplimiento de la norma”. El fariseo justifica su “vida perfecta” en el ayuno y el diezmo, como si todo fuera cuestión de rito y precepto. No le interesan los hombres, le interesa el cumplimiento formal de un reglamento.

A esta altura, ambas características aparecen con claridad a la hora de mirar hacia el interior de nuestras escuelas. Pero no estamos acá para terminar siendo como este fariseo que, con postura acusadora, considera indigno todo lo que no es como él. Sí los invitamos a hacer el ejercicio de observar con ojos de misericordia si algunas de estas características se han instalado entre nosotros.

El publicano se presenta ante Dios como se siente y se ve. Dios no lo justifica porque se considere un pecador, sino porque, en el reconocimiento de su debilidad le abre la puerta de su corazón. “Tené piedad de mí”…”vení por favor a mi encuentro ya que no puedo sin vos”…podríamos también decir. No pone excusas ni justificaciones, le lleva al Señor lo que tiene, que,si bien para él es poco o nada, para el Dios de la Misericordia lo es todo. No empieza por la enumeración de sus logros, sino por el planteo de su necesidad mayor: El perdón de Dios. Un perdón que no es la dádiva de un dios lejano y poderoso sino que es canal de vida y experiencia de resurrección.

En toda forma hay un contenido. El contenido detrás de la forma del fariseo ya fue descripto. El contenido detrás de la forma de Dios también está más que claro. Dios no mira al hombre por lo que hace o deja de hacer sino por lo que es. Alguna vez escuché de un sacerdote amigo decir “Nada podemos hacer para que Dios nos ame más y tampoco para que nos ame menos”. El amor de Dios es incondicional y no está sujeto a nuestras obras. Es una capacidad de amar única de Dios. Claramente nos supera y trasciende, pero podemos empezar por decirle, con la humildad del publicano, que no nos sale amar de esa manera, que nos cuesta y mucho considerar al otro por lo que es y no por lo que hace y que anhelamos poder amar así porque así somos amados.

El hombre no es lo que cumple, es lo que vive y vivir es mucho más que decir o hacer. Vivir es también buscar, anhelar, fallar, caer, andar, perder, encontrar. La vida del hombre no la definen sus posturas exteriores sino lo que lo habita interiormente que es lo que realmente saldrá a la luz.

La educación del hombre no pasa por su exterioridad, por mejorar el apego a las normas, por crear en masa personas política, social o religiosamente correctas sino que pasa por ser capaces hacer del hombre un ser integrado e integrador. Un ser capaz de ver en el otro a un hermano, a un compañero de camino más allá de roles y circunstancias.

Fraternidad Raboni

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