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El Maestro enseña los domingos – 11/12/2016

10/12/2016 Deja un comentario

Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: 
“¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”. 
Jesús les respondió: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!”. 
Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo: “¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? 
¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes. 
¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta. 
El es aquel de quien está escrito: Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino. 
Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él. Mateo 11,2-11. 

 

Los Evangelios nos cuentan de muchos y fantásticos milagros, pero mirándolos desde hoy nos quedan lejanos. Agreguemos a esto algo que nos distingue… no importa la época o el siglo, la duda y la búsqueda de seguridad es una marca registrada de nuestra raza, incluso frente a lo evidente.

Frente a esto es que queremos proponerte algo, agudizar la mirada para ver hoy los mismos milagros de los que Jesús habla con los discípulos de Juan el Bautista.

Recordá tu aula, repasá los asientos y los rostros ubicados en cada lugar, recordá cada mirada, cada expresión, cada gesto que le ofreciste y te ofrecieron. Recordá sonrisas y actitudes.

Ahí vas a encontrar milagros

Recordá cuando entras a la sala de maestros o profesores, recordá conversaciones que rescataron o te rescataron. Recordá silencios y expresiones reparadoras.

Ahí vas a encontrar milagros

Recordá tu vida fuera de la escuela y dentro de ella, tus días cuando no se cruzaban con tantas vidas, recordá tus primeros años y tu presente.

Ahí vas a encontrar milagros

 

¿Que estamos buscando? ¿Alumnos que ya no son? ¿Escuelas que ya no existen? ¿Estructuras rígidas?

Ahí no los vamos a encontrar

¿Y ellos que buscan? ¿Docentes lejanos? ¿Escuelas represivas? ¿Directivos ocultos? ¿Sacerdotes o Hermanas grises? ¿Adultos que no quieran saber que les pasa?

Ahí no los van a encontrar

 

Se dan cuenta amigos la cantidad de milagros con los que convivimos dentro y fuera de la escuela… por que la vida es en sí misma el milagro más hermoso que tenemos. Y la vida no es la mía por sobre la de otros, la vida es un todos, la vida es comunidad, la vida nos iguala, nos descubre cercanos y nos revela su misión, ser cuidada, defendida y promovida.

 

¿Qué buscaban aquellos en el desierto? ¿Qué buscamos nosotros en la escuela?

Personas que nos revelen el valor de la Vida, que nos llenen de palabras de Vida, que nos regalen gestos que restauran la Vida y que nos guíen por caminos donde se despliegue la Vida.

Personas que frente a lo complejo o el misterio no dejan de reflejar la belleza de la vida e invitarnos a vivirla.

 

Amigos, para nosotros, la vida es éste de quién les hablamos cada vez que podemos, para nosotros la vida es Jesús.

Fraternidad Raboni

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El Maestro enseña los domingos – 04/12/2016

10/12/2016 Deja un comentario

En aquel día, saldrá una rama del tronco de Jesé y un retoño brotará de sus raíces.
Sobre él reposará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor
-y lo inspirará el temor del Señor-. El no juzgará según las apariencias ni decidirá por lo que oiga decir:
juzgará con justicia a los débiles y decidirá con rectitud para los pobres del país; herirá al violento con la vara de su boca y con el soplo de sus labios hará morir al malvado.
La justicia ceñirá su cintura y la fidelidad ceñirá sus caderas.
El lobo habitará con el cordero y el leopardo se recostará junto al cabrito; el ternero y el cachorro de león pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá;
la vaca y la osa vivirán en companía, sus crías se recostarán juntas, y el león comerá paja lo mismo que el buey.
El niño de pecho jugará sobre el agujero de la cobra, y en la cueva de la víbora, meterá la mano el niño apenas destetado.
No se hará daño ni estragos en toda mi Montaña santa, porque el conocimiento del Señor llenará la tierra como las aguas cubren el mar.
Aquel día, la raíz de Jesé se erigirá como emblema para los pueblos: las naciones la buscarán y la gloria será su morada. Is 11. 1-10

 

La Palabra profética de Isaías que hoy compartimos en la primera lectura nos pone en dimensión de un camino hacia. Claramente el profeta nos invita a orientar nuestro horizonte inspirados en el espíritu de Dios que es sabio, fuerte, justo y fiel. También nos habla de ese fin en el que lo que hoy está en los opuestos podrá convivir armónicamente, lo que hoy está distanciado se unirá en un abrazo sincero.

Es un texto utópico, y como toda utopía, nos sirve para ponernos en marcha y orientar nuestros pasos. También para definir las identidades de nuestras prácticas y decisiones, ya que no sólo en el origen debemos buscar los sentidos, los sentidos están también definidos por lo que buscamos.

Estamos transitando los últimos días de este ciclo lectivo y al hacerlo se nos viene a la mente todo lo andado, todo lo logrado y también todo lo que quedó sin hacer o que directamente salió mal. Logros y fracasos se nos configuran en nuestro mapeo mental una vez más, pero de logros y fracasos está hecha la vida y no está ahí el problema sino qué es lo que hacemos con ellos. Hace un tiempo escuché de boca de un periodista una expresión que definía a uno de los deportistas más exitosos de esta era, de él decía: “La derrota no se le baja al corazón y la victoria no se le sube a la cabeza”. Me pareció una definición notable respecto de cómo transitar y sobre todo habitar nuestros éxitos y nuestros fracasos. El problema no está en la derrota, en el fracaso, en la pérdida sino en que estas no afecten nuestro sentir interior y no nos derrumben. Siguiendo con la frase, también hay que saber transitar los éxitos, para que no perdamos racionalidad y realismo y nos lleven a creer en lo que no somos y a vivir en un universo irreal.

Isaías expresó estas palabras en un contexto de decadencia de su pueblo. Un contexto de pérdida de fe y de sentidos, de infidelidades y abandonos. En ese marco más que hacer un diagnóstico de la realidad recordó el horizonte, el motivo del camino, el hacia dónde ir.

El adviento se nos presenta como un tiempo de preparación, pero sobre todo es un tiempo para volver al eje, volver a lo que sostiene nuestro caminar, al motivo central de aquello en lo que creemos. Es un tiempo para volver a Jesús, para volver al Corazón compasivo del Padre, y sólo será posible si nos dejamos llevar por ese Espíritu de sabiduría, inteligencia, ciencia, consejo y fortaleza. Ese Espíritu en el que lo justo no está relacionado con el castigo sino con la salvación y en el que la fidelidad a su proyecto es el sostén de nuestros pies.

Ya viene “aquel” que hace posible que los opuestos encuentren caminos de comunión, el lobo con el cordero, el leopardo con el cabrito, el león con el ternero. Será entonces tiempo para que todo lo que está desencontrado en nosotros mismos y en nuestras comunidades pueda volver a habitar el mismo espacio sin riesgos ni temores. Las tensiones y el cansancio propios de este momento del año ahondan distancias, enojos y resentimientos. Muchas veces vamos dejando de lado la concordia y va saliendo lo peor de cada uno, pero aún así la invitación a hacer de nuestros espacios comunitarios lugares de encuentro sigue estando viva y presente. Dejémonos entonces conducir por aquel que “no juzga según las apariencias” ni decide por lo que “oye decir” sino que, ceñida su cintura por la Justicia y sus caderas por la fidelidad, pueda llevarnos a vivir personal y comunitariamente ese día en el que “la raíz de Jesé se erigirá como estandarte para los pueblos y la gloria será entonces su morada”. En esto consiste la utopía del Reino, en que vivamos encontrados, reconciliados, en comunión de criterios y sobre todo en la alegría de sabernos hermanos, hijos y herederos de un Padre Común que no deja de llamarnos, alentarnos y esperarnos.

Fraternidad Raboni

El Maestro enseña los domingos – 20/11/2016

10/12/2016 Deja un comentario

El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: “Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!”.También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”.
Sobre su cabeza había una inscripción: “Este es el rey de los judíos”.
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”.
Pero el otro lo increpaba, diciéndole: “¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él?
Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo”.
Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino”.
El le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Lc. 23,35-43

 

Al ser humano, en todas las épocas, le resultó difícil enfrentar la realidad de  la muerte y aceptar la voluntad de Dios para su vida.  Los contemporáneos de Jesús no podían entender que no usara su poder para salvarse.  Ellos habían sido testigos  de sanaciones, resurrecciones  y milagros por parte del Señor y sabían que, si Él quería, podía haber evitado la cruz.

En nuestro tiempo, tan signado por la corrupción, el oportunismo y el individualismo, en el que predominan frasees como “Sálvese quien pueda”, “aprovecha la oportunidad”, “si podés, zafá”; además de todo lo antes dicho, no costaría comprender que Jesús no use sus influencias para beneficio personal.  Esto nos permite mirar nuestras escuelas desde dos temas importantes: la muerte y la coherencia.

1) La muerte, la dificultad, el dolor son elementos inherentes al ser humano pero, a la vez, muy negados por una sociedad basada en la inmediatez, la satisfacción, el exitismo, el placer.  El problema es que, aunque no queramos pensar en ellos, aunque los ocultemos, esas situaciones, tarde o temprano, nos llegan.  Y, justamente, por no haberlas abordado con coraje, nos impactan de manera sobredimensionada.  En los colegios encontramos con frecuencia tantos chicos y adultos desprovistos de herramientas para transitar estos momentos, como si fueran analfabetos emocionales.  Son bastante habituales las situaciones de depresión, pánico, ansiedad…pero… ¿Nos animamos a encarar temas como la autoestima, los miedos, la tolerancia a la frustración, la resiliencia, los sentimientos, las emociones? ¿Están en nuestra agenda, o nos sumamos a la negación colectiva?

Además, desde el punto de vista pastoral, ¿Aportamos una mirada trascendente sobre estos temas?  ¿Explicitamos qué sentido tienen la muerte y el dolor para Jesús y para nosotros, los creyentes? ¿O nos quedamos con una catequesis edulcorada, en la que esquivamos esos temas que  tienen “mala prensa” o nos pueden llevar a atravesar situaciones escabrosas?  Cuando caemos en eso, nosotros nos evitamos un mal trago pero… dejamos a los chicos tan desprovistos, tan “a la intemperie”… La muerte sin Fe es tan dolorosa…, es insoportable.

No podemos callar, no podemos guardarnos el anuncio de la Resurrección, no podemos dejar de transmitir la gran enseñanza de la vida, la clase fundamental, la que ayuda a mirar el sentido de la Vida y de la Muerte, el valor de buscar la santidad, aceptando, con alegría, cada día, la voluntad de Dios para nosotros.

Si confiamos en el Amor de Dios y decidimos asumir sus designios para nuestras historias, no vamos a evitar las dificultades o dolores pero, claramente, vamos a poder mirar esas situaciones, desde otro enfoque, resignificando lo que nos sucede y atravesándolo con serenidad y confianza.

2) Otro tema para pensar es el de la coherencia, la capacidad de ser fiel a una convicción.  En nuestras aulas son poderosos los testimonios de fidelidad, coherencia, honestidad.  Llaman la atención estas actitudes, sorprenden, interpelan.  Los docentes estamos llamados a tener gestos audaces, a ser contraculturales, a ir a contrapelo del relativismo, del vale todo, del facilismo, del conformismo.  Muchas veces son los mismos chicos los que dan testimonios conmovedores sobre estas cosas.  Hay  tantos niños y jóvenes comprometidos, sensibles, entusiastas, jugados por sus ideales.  Que importante darles lugar, alentarlos, promoverlos.

A Jesús le reclamaban que, si era Rey,  se salvara a sí mismo.  Este reclamo habla de incomprensión.  No entendían que, justamente por ser rey, decide entregarse y abrir las puertas de la salvación para otros.  Su señorío no pasaba por salvar su pellejo sino por amar hasta el extremo.  Amar aunque cueste, aunque duela, aunque no sea la opción más fácil.

Por amor y en fidelidad a sus convicciones, muchas personas eligen, libremente, dar sus vidas.  Las ofrecen estudiando, trabajando con honestidad, criando a sus hijos con dedicación, curando, enseñando, sembrando.

Son muchos los que, día a día, desestiman opciones fáciles y oportunistas por ser fieles a sus principios, por buscar construir el reino de Dios, por perseguir la idea de dejar un mundo mejor para las generaciones más jóvenes.  Sábato diría que ellos encarnan “La resistencia”.     Justamente, voy a terminar con algunos fragmentos de este sabio escritor:

“Las más de las veces, los hombres no nos acercamos, siquiera, al umbral de lo que está pasando en el mundo, de lo que nos está pasando a todos, y entonces perdemos la oportunidad de habernos jugado, de llegar a morir en paz, domesticados en la obediencia a una sociedad que no respeta la dignidad del hombre… pero las heridas de los hombres nos reclaman…

…El ser humano, paradójicamente sólo se salvará si pone su vida en riesgo por el otro hombre, por su prójimo, o su vecino, o por los chicos abandonados en el frío de la calles, sin el cuidado que esos años requieren, que viven en esa intemperie que arrastrarán como una herida abierta por el resto de sus días…De nuestro compromiso ante la orfandad puede surgir otra manera de vivir, donde el replegarse sobre sí mismo sea escándalo, donde el hombre pueda descubrir y crear una existencia diferente. La historia es el más grande conjunto de aberraciones, guerras, persecuciones, torturas e injusticias, pero, a la vez, o por eso mismo, millones de hombres y mujeres se sacrifican para cuidar a los más desventurados. Ellos encarnan la resistencia…

Los hombres encuentran en las mismas crisis la fuerza para su superación…El ser humano sabe hacer de los obstáculos nuevos caminos porque a la vida le basta el espacio de una grieta para renacer. En esta tarea lo primordial es negarse a asfixiar cuanto de vida podamos alumbrar.

Unidos en la entrega a los demás y en el deseo absoluto de un mundo más humano, resistamos…

Los valores son los que nos orientan y presiden las grandes decisiones. Desgraciadamente, por las condiciones inhumanas del trabajo, por educación o por miedo, muchas personas no se atreven a decidir conforme a su vocación, conforme a ese llamado interior que el ser humano escucha en el silencio del alma. Y tampoco se arriesgan a equivocarse varias veces. Y sin embargo, la fidelidad a la vocación, ese misterioso llamado, es el fiel de la balanza donde se juega la existencia…”

Fraternidad Raboni

El Maestro enseña los domingos – 23/10/2016

10/12/2016 Deja un comentario

Y refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola: «Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba en voz baja: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas”. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”. Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado». Lc 18, 9-14

 

Paulo Freire dijo alguna vez que la práctica docente responde a la pregunta sobre “Quién es el otro para mí”…En realidad es una pregunta que puede orientarse a toda práctica humana, pero realmente cobra una trascendencia mayor cuando hablamos de docencia.

El Fariseo lo deja bien en claro, ya que su mayor debilidad no está en hacer una síntesis de todo lo que hace o más bien cumple, sino en definir al otro, en juzgarlo, en ubicarlo de acuerdo a su código moral rìgido y excluyente.

Esto nos lleva a pensar en nuestros modos de ser y hacer en relación a los otros, especialmente, en relación a los alumnos. Quiénes son ellos para mí, cómo los miro, desde qué lugar lo hago.

Dos características surgen de “la oración” del fariseo. La primera es la de sentirse superior, distinto, mejor. Desde este punto de vista en cada sociedad, en cada grupo humano y por ende en cada escuela, habrá una línea divisoria que ubique de un lado a los “mejores”, a los “cumplidores”, a los “correctos” y del otro lado a todos aquellos que no se encuadren en nuestros códigos o estilos. Ya no se trata sólo de una cuestión de méritos, se trata de una cuestión de resultados visibles ligados a un modo de concebir la vida en la que sólo hay lugar para un grupo de elegidos.

La segunda característica tiene que ver con el “cumplimiento de la norma”. El fariseo justifica su “vida perfecta” en el ayuno y el diezmo, como si todo fuera cuestión de rito y precepto. No le interesan los hombres, le interesa el cumplimiento formal de un reglamento.

A esta altura, ambas características aparecen con claridad a la hora de mirar hacia el interior de nuestras escuelas. Pero no estamos acá para terminar siendo como este fariseo que, con postura acusadora, considera indigno todo lo que no es como él. Sí los invitamos a hacer el ejercicio de observar con ojos de misericordia si algunas de estas características se han instalado entre nosotros.

El publicano se presenta ante Dios como se siente y se ve. Dios no lo justifica porque se considere un pecador, sino porque, en el reconocimiento de su debilidad le abre la puerta de su corazón. “Tené piedad de mí”…”vení por favor a mi encuentro ya que no puedo sin vos”…podríamos también decir. No pone excusas ni justificaciones, le lleva al Señor lo que tiene, que,si bien para él es poco o nada, para el Dios de la Misericordia lo es todo. No empieza por la enumeración de sus logros, sino por el planteo de su necesidad mayor: El perdón de Dios. Un perdón que no es la dádiva de un dios lejano y poderoso sino que es canal de vida y experiencia de resurrección.

En toda forma hay un contenido. El contenido detrás de la forma del fariseo ya fue descripto. El contenido detrás de la forma de Dios también está más que claro. Dios no mira al hombre por lo que hace o deja de hacer sino por lo que es. Alguna vez escuché de un sacerdote amigo decir “Nada podemos hacer para que Dios nos ame más y tampoco para que nos ame menos”. El amor de Dios es incondicional y no está sujeto a nuestras obras. Es una capacidad de amar única de Dios. Claramente nos supera y trasciende, pero podemos empezar por decirle, con la humildad del publicano, que no nos sale amar de esa manera, que nos cuesta y mucho considerar al otro por lo que es y no por lo que hace y que anhelamos poder amar así porque así somos amados.

El hombre no es lo que cumple, es lo que vive y vivir es mucho más que decir o hacer. Vivir es también buscar, anhelar, fallar, caer, andar, perder, encontrar. La vida del hombre no la definen sus posturas exteriores sino lo que lo habita interiormente que es lo que realmente saldrá a la luz.

La educación del hombre no pasa por su exterioridad, por mejorar el apego a las normas, por crear en masa personas política, social o religiosamente correctas sino que pasa por ser capaces hacer del hombre un ser integrado e integrador. Un ser capaz de ver en el otro a un hermano, a un compañero de camino más allá de roles y circunstancias.

Fraternidad Raboni

El Maestro enseña los domingos – 02/10/2016

10/12/2016 Deja un comentario

Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo: “Me arrepiento”, perdónalo».
Los Apóstoles dijeron al Señor: «Auméntanos la fe». Él respondió: «Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, ella les obedecería.
Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dirá: “Ven pronto y siéntate a la mesa”?  ¿No le dirá más bien: “Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después”? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?  Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: “Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber”». Lucas 17. 3b-10

 

La palabras de Jesús hoy nos hablan de dos rasgos distintivos de lo que implica su seguimiento: El Perdón y el Servicio.

Resulta muy curioso es que frente a esta propuesta los apóstoles lo único que piden es “Que les aumente la fe”. No piden consejos, ni pistas, ni tampoco estrategias para hacerlo, sino que vinculan la capacidad de perdonar y el asumir la vida desde el servicio con la fe. Y esto es así, porque tener fe es una experiencia que surge cuando experimentamos el gesto, la mirada, la escucha y la voz de un Dios que, ante todo nos perdona y se pone a caminar a nuestro lado como quien nos sirve, lavando nuestros pies, sanando nuestras heridas, llenando nuestros vacíos.

Eso es la fe, por eso los apóstoles al escuchar la palabra perdón le piden ante todo que se las aumente.

Hoy especialmente podemos girar en torno al pedido de los apóstoles y, desde nuestro lugar educativo ser capaces de mirar con profunda sinceridad si nuestra escuela con su modelo pedagógico y su didáctica, si nuestras clases, si nuestras prácticas, si nuestros modos de dirigir y administrar están al servicio de la fe. Un modo de darnos cuenta de si vamos por el buen camino es poder distinguir si nuestros ambientes institucionales, si nuestros espacios áulicos son expresión de perdón y servicio.

Durante mucho tiempo hemos creído que la fe aumenta sólo por el conocimiento y el aprendizaje de historias y doctrinas. La fe aumenta cuando se ama no cuando se memoriza. La fe aumenta cuando se experimenta y se da el perdón, no sólo cuando se cumple un precepto o se da una limosna.

Dar catequesis, enseñar la doctrina, tener celebraciones y retiros, constituir grupos, etc. son todas acciones importantes y necesarias, constituyen nuestra identidad y no sería bueno prescindir de estas u otras experiencias similares. Pero nada de esto garantiza el aumento de la fe en la vida de alumnos, docentes y familias. En realidad lo único que lo garantiza es que nuestros proyectos sean canales y se constituyan en caminos de encuentro real con el Dios vivo del Perdón y del Servicio.

Finalizamos con palabras del Papa extraídas de la Bula de Convocación del Jubileo de la Misericordia, en ellas podemos encontrar horizontes posibles que nos lleven a vivir la experiencia amorosa y misericordiosa de Dios. Él nos dice:

“No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo.” …”En este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea. ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos”…”En nuestras parroquias, en las comunidades, en los colegios, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia.”

Fraternidad Raboni

El Maestro enseña los domingos – 13/11/2016

12/11/2016 Deja un comentario

Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: “De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. 
Ellos le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?”. 
Jesús respondió: “Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: ‘Soy yo’, y también: ‘El tiempo está cerca’. No los sigan. 
Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin”. 
Después les dijo: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino. 
Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo.” 
Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. 
Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir. 
Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. 
Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas.»

Lucas 21,5-19. 

 

Durante estos últimos años con la Fraternidad Raboni hemos visitado muchas escuela, de todo tipo, además de las que, por trabajar en ella, voy viendo o visitando solo o con alumnos. La variedad, en todo sentido, es asombrosa.

Es inevitable el mirarlas y al mismo tiempo pensar en la que estoy, comparar, diferenciarlas ver lo que tenemos y lo que podríamos incorporar o cambiar.

He visto aulas con pisos de tierra, gimnasios con brillosos pisos de madera y aros de básquet colgantes, pizarrones rotos o quebrados y bancos acolchados y cómodos… todo en las escuelas, lugar donde el saber y el conocimiento se mezclan con la vida de tantas personas.

Y frente a todo esto la Palabra nos dice “no quedará piedra sobre piedra”… y es así amigos, nada quedará, pizarrones rotos, pisos brillosos, bancos armónicos o salones acolchados, todo pasará en la vida de nuestros alumnos o compañeros… todo menos aquello que se haya hecho huella  y marca en la vida de ellos.

Todo pasará menos lo que hayamos podido dejarles en el corazón, eso es eterno, indestructible. Gestos de cercanía, pasión en el dictado de las clases, saberes que por complejos no se pueden ser  cercanos y alcanzables también, presencia que acompaña, conduce y tranquiliza, silencio que no expresa indiferencia sino compasión.

Pensar en la escuela como hermosos edificio, cómodas aulas, distribución, organización, orden o eficiencia nos puede hacer perder en lo superficial de su rol… el lugar donde la persona habita o transita no puede ser nunca más importante que ella misma, más importante que su cuidado primero.

Jesús, durante toda su vida, no paró de hablar de dos cosas, del amor y de un Dios que ama sin límites. ¿Por qué no sostenemos estos dos conceptos todos los días de la vida de nuestras escuelas? ¿Por qué nos confundimos y separamos las cosas? ¿Qué saber no se puede transmitir desde el amor, la pasión y la cercanía?

Los lugares que ocupamos no nos definen, somos nosotros los que les damos forma y expresión y son desde ellos donde salimos al encuentro del otro.

De la forma en que concebimos a ese otro, de la forma en que entendemos la escuela y la docencia y desde nuestro propia imagen de Dios se irá construyendo nuestro rol y nuestro hacer… preguntarnos sobre ellos es un inicio:

¿Quién es el otro para mí? ¿Qué representan para mí el alumno, mi colega, mis directivos? ¿Qué es la escuela para mi vida, que significa? ¿Quién es Dios? ¿Qué tiene que ver conmigo?

La realidad es que no hay puntos intermedios, optar es complejo, se nos juega la vida en eso y más aún, también se juega la vida de aquellos que me escuchan y tienen que ver con mis decisiones.

Optar es el primer paso y es en el que deben apoyarse mis convicciones… sostener la opción es un camino largo y complejo en el que la misericordia y el amor que Dios nos sostiene y  acompaña.

Caminar la opción algunas veces se transforma en un recorrido solitario… Dios se te hace presencia cercana. Levantá la mirada, buscá a aquellos que te pueden escuchar o acompañar, construí comunidad… y confiá.

Amigos, soñemos con escuelas cercanas, con el oído dispuesto y llenas de propuestas donde el saber, la ciencia y los contenidos sean llevados con sonrisas, transmitidos con pasión y acompañados con gestos… y una vez que soñemos… empecemos a transformar los sueños en realidad.

Lo único que salvará al hombre de la apatía, la desilusión, la pasividad y la ignorancia es una escuela que exprese en su hacer diario la presencia de un Dios que ama, libera, apasiona y educa.

Fraternidad Raboni

El Maestro enseña los domingos – 09/10/2016

09/10/2016 Deja un comentario

Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea.
Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: “¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!”.
Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Y en el camino quedaron purificados.
Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.
Jesús le dijo entonces: “¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?”.
Y agregó: “Levántate y vete, tu fe te ha salvado”. Lucas 17,11-19.

En el Evangelio de hoy aparentemente lo extraordinario se da en la curación de diez leprosos y en  el regreso de solo uno de ellos para agradecerle, regreso del que menos se esperaba, ya que los Samaritanos y los Judíos se consideraban enemigos.

Pero también podemos destacar algunos otros signos interesantes como por ejemplo el ver que, al principio los leprosos permanecen “a distancia” y después de la curación esta se rompe y el que regresa “se arrojó a los pies de Jesús”

Evidentemente, cuando le damos lugar y dejamos que intervenga, las distancias se acortan, lo que hasta hace poco era lejano y enfermo se hace rápidamente cercano y sano; aquello que nos lastima desaparece.

La lepra es una enfermedad que lesiona y causa deformaciones. ¿Qué se ha deformado de nuestra tarea o de la escuela donde estoy? ¿Qué formas ya no son visibles y se han perdido o cambiado? ¿Cómo son nuestros estilos de enseñanza y de acompañamiento?

No podemos dejar de mirar la realidad de nuestros alumnos, de nuestros compañeros y de nosotros mismos, Jesús sabía por que regiones iba caminando. No se alejaba de ellas sino que las atravesaba.

Hoy las relaciones sociales se han deformado, los vínculos entre todos los que participan en la escuela sufre deformaciones dolorosas, el deber ser, el hacer, la autoridad, las ganas, las responsabilidades y las obligaciones sufren grandes lastimaduras; todo se hace lejano pero todo esto nos pide ser mirado, nos pide compasión y sobre todo intervención.

La escuela, todos nosotros, no podemos permanecer lejanos, no podemos dejar que se vayan o tampoco ser nosotros los que nos vayamos lastimados y con grandes deformaciones.

Intervenir buscando solo una cosa, la sanación total de aquello que está lastimado, intervenir para que podamos recuperar las formas y estilos que hemos perdido o se han deformado con el paso del tiempo pero también para que otros lo puedan hacer.

Miremos la escuela, toda la escuela, desde el lugar que nos toque y el rol que ocupemos y preguntémonos ¿Quiénes son los que desde lejos me estás pidiendo compasión, ser escuchados, ser al menos mirados? ¿Quiénes son estos que nadie quiere ni ver, oler, o estar cerca? Porque esos son los leprosos hoy.

Hoy la lepra viene disfrazada, se tapa, casi ni se ve, incluso viene con gestos, palabra o actitudes que confunden. La lepra de hoy está muy bien camuflajeada.

¿Te vienen rostros a la mente, rostros que no querés que aparezcan, que preferís no mirar? esos son los leprosos de hoy que esperan ser sanados.

Ese o esos alumnos, ese compañero, ese profesor, esa maestra, esa hermana o ese cura… todos esperan ser sanados mientras siguen caminado.

¿Se te dibuja tu propio rostro? deja que Jesús Maestro hoy te cure el corazón, el alma y tu ser docente, solo tenés que pedírselo.

Digámosle… “¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!”. 

Fraternidad Raboni

El Maestro enseña los domingos – 25/09/2016

25/09/2016 Deja un comentario

Jesús dijo a los fariseos: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes.
A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro,
que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas.
El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado.
En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él.
Entonces exclamó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan’.
‘Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento.
Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí’.
El rico contestó: ‘Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre,
porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento’.
Abraham respondió: ‘Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen’.
‘No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán’.
Pero Abraham respondió: ‘Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán'”. Lucas 16,19-31. 

 

Este texto hace mención a dos hombres:, uno rico y a Lázaro.

Se establece un gran abismo entre uno y otro. En la época de Jesús, como en cada tiempo estas diferencias se remarcan en muchas sociedades.

Volvamos al texto, el RICO, hombre poderoso, era el SEÑOR, no veía ni miraba a su alrededor, daba grandes banquetes, pero sólo para algunos.

El POBRE, quien comía de las migajas del rico, no era considerado, ni visto, ni escuchado.

Jesús lo nombra a este hombre pobre, condenado por la sociedad de la época y no llama por su nombre: Lázaro.

¿Cuántas veces actuamos en nuestras escuelas como este hombre rico, que come junto algunos, que se reúne solo con los poderosos, (sean sus compañeros, alumnos, familias) , que no mira a todos

Y al hablar de ricos no hacemos mención al dinero, sino por el lugar que ocupamos dentro del aula, en nuestras instituciones, en la sociedad.

¿En cuántas ocasiones no vemos al pobre que está a nuestro alrededor, el que come las migajas? Ese alumno que no tiene nombre, que no es reconocido, que está solo. Esa familia que está pasando por una situación difícil y no la vemos. Ese compañero que no es considerado, que no es escuchado, mirado.

¡Cuántos ricos hay en nuestra comunidad!

¡Cuántos Lázaro, que no son vistos, ni escuchados!

Y llegó el momento de la muerte de uno y del otro. Cada uno fue a un lugar diferente, Lázaro junto a Abraham. El rico a un lugar tormentoso.

Este último pidió por sus hermanos Pidió que envíen a Lázaro a advertirles sobre la forma de vida que llevaban.

Abraham le respondió: – “Que escuchen a Moisés y a los profetas”

Jesús resucitó por cada uno de nosotros, Sólo algunos valoran este gran acto de AMOR, Solo algunos se suman a esta propuesta de Amor, “Amense los unos a los otros”

Y si volvemos a pensar en Lázaro, ¿Vemos en cada uno de nuestros alumnos al otro? En cada una de las personas con que nos encontramos al entrar a nuestras comunidades, está realmente el Otro?

Gran desafío, gran tarea para este tiempo en que tantas actividades nos empiezan a superar.

Dedicarle un tiempo al Otro, a Lázaro, mirarlo a los ojos, escucharlo, descubrirlo, amarlo.

Lázaro está ahí, en las aulas, en el patio, en la calle, en sala docente…

Nombremos a cada Otro por su nombre, escuchemos, abracemos, descubramos.

Si hay mucho por hacer, pero que el hacer no nos deje sin mirar, sin ver y sin descubrir a cada persona que está a nuestro alrededor. Seguro en esta semana habrá alguna de esas personas que necesiten un abrazo.

El Maestro enseña los domingos – 18/09/2016

18/09/2016 Deja un comentario

Jesús decía a sus discípulos:
“Había un hombre rico que tenía un administrador, al cual acusaron de malgastar sus bienes.
Lo llamó y le dijo: ‘¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no ocuparás más ese puesto’.
El administrador pensó entonces: ‘¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza.
¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, haya quienes me reciban en su casa!’.
Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: ‘¿Cuánto debes a mi señor?’.
‘Veinte barriles de aceite’, le respondió. El administrador le dijo: ‘Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez’. Lucas 16,1-13.
Después preguntó a otro: ‘Y tú, ¿cuánto debes?’. ‘Cuatrocientos quintales de trigo’, le respondió. El administrador le dijo: ‘Toma tu recibo y anota trescientos’.
Y el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente. Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz.”
Pero yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas.
El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho.
Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien?
Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes?
Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero”.

 

El Maestro enseña los domingos – 11/09/2016

12/09/2016 1 comentario

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. 
Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”. 
Jesús les dijo entonces esta parábola: 
“Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? 
Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, 
y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido”. 
Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”. 
Y les dijo también: “Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? 
Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido”. 
Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte”. 
Jesús dijo también: “Un hombre tenía dos hijos. 
El menor de ellos dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de herencia que me corresponde’. Y el padre les repartió sus bienes. 
Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa. 
Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. 
Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. 
El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. 
Entonces recapacitó y dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre! 
Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; 
ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’. 
Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó. 
El joven le dijo: ‘Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo’. 
Pero el padre dijo a sus servidores: ‘Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. 
Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, 
porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado’. Y comenzó la fiesta. 
El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. 
Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso. 
El le respondió: ‘Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo’. 
El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, 
pero él le respondió: ‘Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. 
¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!’. 
Pero el padre le dijo: ‘Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. 
Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado'”. Lucas 15,1-32.

Hoy y esta semana vamos a poder experimentar la Palabra como eje central del Dios que Jesús no se cansa de traernos.

Poder anunciar en la escuela a este Dios que busca lo perdido y no para hasta encontrarlo, que deja todo porque la prioridad pasa a ser aquello que se perdió.

Poder hablarle a nuestros alumnos de un Dios que ama más allá de haberlo declarado muerto, que no se queda detenido en el dolor del abandono sino que se alegra con el regreso y además hace fiesta.

Hablarles todos los días y en todo lo que hacemos de un Dios que está cerca de los pecadores, de los incompletos y de los que no pueden… porque sabe que en ese lugar existe necesidad de consuelo, perdón y reconstrucción.

Las escuelas donde trabajamos necesitan de docentes que se transformen en lámparas encendidas, docentes que imiten estos gestos de Dios porque lo único que sostiene y salva nuestras escuelas es el amor que en ellas se mueve.

No es utópico ni son palabras lejanas o ilusas, es un urgente llamado a intervenir el que hoy recibimos. Mirar nuestras prácticas, nuestras decisiones, nuestros diálogos y expresiones tiene que ver con esto.

Mirar la forma en que entramos al aula, la sala de maestros o las oficinas, mirar como miramos al otro, mirar que buscamos cuando optamos… todo esto tiene que ver con una escuela cercana a los pecadores.

Frente a ellos no debe haber reclamos sino misericordia, con ellos solo es necesario el silencio y la presencia… porque cuando éramos o somos nosotros es lo que necesitamos.

Reconocernos en ellos o reconocer nuestra escuela como ellos no debe preocuparnos ya que tu Dios está desesperado buscándote.

Vivamos esta semana especial para nuestra tarea desde la seguridad que nos da la Palabra de este domingo, aquella que tiene que ver con un Dios que sale y abraza o un Dios que busca hasta encontrar lo perdido.

 

Desde nuestra Fraternidad te saludamos y pedimos a Dios el que puedas experimentar aquello que más necesitas de él… su amor incondicional.

Fraternidad Raboni